Irina Shayk: La increíble historia que forjó su carácter

Irina Shayk La increíble historia que forjó su carácter
Irina Shayk: La increíble historia que forjó su carácter. (Foto: Getty Images)

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La modelo Irina Shaksuele hacer honor al estereotipo de frialdad ruso, es una mujer que no suele expresar tristeza a pesar de los momentos duros.

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De sus 29 años, solo los seis últimos años de Irina Shayk han sido un camino de rosas en los que su caché ha ido subiendo hasta llegar a embolsarse casi tres millones de euros al año. Su padre murió de neumonía cuando ella estrenaba la adolescencia y su madre, profesora de música en una guardería, se tuvo que pluriemplear para sacar a la familia adelante.

Esas horas las pasaba al cuidado de su abuela, una agente de inteligencia de la armada roja de Stalin que murió a los 89 años y por la que Irina sentía devoción. Uno de los últimos regalos que le hizo fue un carísimo bolso rojo de Chanel. La matriarca le ayudó a curtirse en Yemanzhelinsk, una pequeña localidad rusa en mitad de la nada, donde no hay nada más que visitar que las minas de carbón, y a la que ni siquiera llegaban las revistas de moda en las que ahora acapara portadas.

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Entre tupidos bosques de pinos y robles y aire gélido, la joven Irina era una más, a pesar de sus penetrantes ojos verdes, de su bronceada piel o de sus espectaculares medidas (1,75 de altura y 84-61-89), las mismas que ahora la incluyen entre las modelos más sexis del planeta. “Yo no era de las que gustaba a los chicos en el colegio. Mis compañeros solían reírse de mí por mi tez morena heredada de mi padre (de origen tártaro).

Desde su adolescencia ya mostró una apasionada querencia por las faldas cortas y los tacones altísimos. Llegó a trabajar de pintora de brocha gorda en un hospital para reunir los 20 euros que costaban unas botas de las que se había enamorado y que la débil economía familiar no podía permitirse. Sus vecinos recuerdan a Irina ayudando a su madre en el huerto en el que siguen plantando patatas, tomates y pepinos, antes para ahorrarse unos rublos, y ahora por pura afición.

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Por aquel entonces alternaba su faceta de agricultora con clases para aprender a tocar el piano, la lectura de Dostoyevski (su obra preferida es ‘Crimen y castigo’) y las historias inventadas que llenaban sus cuadernos. Soñaba con convertirse en escritora o periodista. Su pálpito le decía que lo de “chica de pueblo” desaparecería tarde o temprano. Y lo logró. Aunque no sin antes protagonizar un guión más propio de una película de Hollywood.

El anuncio de su vida

Todo fue por un anuncio, un anuncio en una parada de autobús que hizo que su madre llevase a su hermana mayor a una agencia de modelos, ya que a ella también le fascinaba el mundo de la belleza. No en vano, Tatiana es un clon de su ahora reconocida hermana. Irina pasaba del mundillo y acudió simplemente como acompañante, pero en la agencia la convencieron para que se quedase. Poco después ganaba el certamen de Miss Cheliabinsk 2004. Con él llegó un pasaporte a París sin apenas hablar inglés… y casi sin dinero para el metro. Pasó hambre y su menú diario se basaba en un plato de arroz cocido. Nacía entonces el lema que se repite día sí, día también: Sigue andando, no puedes parar ahora.

Y no lo hizo. Poco después llegó su primer contrato. Desde entonces no ha parado de sumar trabajos en pasarela, anuncios y catálogos de grandes marcas. Para trabajar en la moda tienes que ser muy fuerte y yo lo soy, no vivo entre las nubes y soy realista gracias a la educación que me dieron mis padres, puntualiza cuando muchos solo ven en ella una cara bonita y un escultural cuerpo que luce como nadie en bikini y ropa interior, sus especialidades.

Sin televisión

Además de buena suerte, la modelo tiene buen corazón. En cuanto logró unos ahorrillos los destinó a un hospital de su pueblo, que se encontraba medio en ruinas. Y colabora con asociaciones benéficas infantiles, ya que le encantan los niños. El resto del dinero que amasa lo invierte en Estados Unidos y Rusia. Por ejemplo en su lujoso apartamento en el West Village neoyorquino por el que soltó casi 1,5 millones de euros y en el que vive con su perro labrador César (por Julio César). Allí ha pasado dos años sin televisión, porque le gusta más el cine (‘Match point’, de Woody Allen, es su película preferida) y, sobre todo, la lectura de su amado Dostoyevski, aunque ahora le ha dado por la literatura rusa del siglo XVII.

De esa época le atrae cómo las mujeres estaban a cargo del poder en su país. Atrás ha dejado los seis años que estudió piano porque es incapaz de terminar una melodía. Ahora solo lo escucha cuando lo toca su madre, a la que ha intentado retirar sin éxito. Sobre la mesa en Rusia no falta nunca, tras sus 13horas de sueño, su desayuno preferido: los syrniki, una especie de pancakes rusos con queso quark. Porque aunque no lo aparenta, la comida le pierde: hamburguesas y postres supercalóricos. No sabe lo que es seguir una dieta. Sí, lo que supone matarse a diario en el gimnasio.

Irina no quiere quedarse solo en una cara bonita. Y menos en un cuerpo escultural que ya ha dicho que no a un cheque lleno de ceros de ‘Playboy’. Su modelo a seguir es Cindy Crawford y todo el emporio que ha montado en torno a su figura.



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