Hacen nuevos amigos rápidamente. Ya sea en el parque o en la consulta del pediatra, los niños hacen amigos fácilmente. “¿Quieres jugar?” Eso es todo. “¿Quieres jugar?” No parece importarles el rechazo. Ni siquiera creo que se les pase por la cabeza. De mayores es mucho más difícil crear relaciones con tanta rapidez. A no ser que estés en un bar a la hora de cerrar.

No guardan rencor. Claro, los niños se pelean. Pero cuando se acaba, se acaba. No lo mastican. No se enfadan durante semanas. No chismean por teléfono sobre que Max haya conseguido un pez de colores de más.

Son curiosos. “¿Por qué los plátanos no tienen zumo?” “¿Cómo llegó el bebé a tu barriga?” Hay tanto que aprender. Y buscar respuestas a los rompecabezas infinitos de la vida resulta en personas interesantes.

No les da miedo mostrar sus sentimientos. Lo bueno, lo malo y lo feo. Sueltan lo que se les pasa por la cabeza. No necesitan sacarse nada de dentro porque ya han dicho todo lo que necesitaban decir desde el principio.

No les importa ensuciarse. A ti puede que sí te importe, pero a ellos no.

Son sinceros. Si un niño de 5 años te dice que eres la madre más guapa del mundo, es porque de verdad lo piensa. Si te dice que tus piernas le recuerdan a la barba de papá, también lo piensa.

Creen. Los niños pequeños creen en el ratoncito, en Papanoel, en las hadas y las princesas.

Bailan. ¿Conoces la expresión “baila como si nadie te estuviera mirando”? Eso es lo que hacen. Excepto por todas las veces en las que se aseguran a conciencia de que alguien les mire.

Tararean. Los niños tararean para sí mismos bastante. ¿Por qué tararean? Porque no saben silbar.

No discriminan. A no ser que se les diga lo contrario, aceptan a todo el mundo. Bueno, a todo el mundo menos a los bebés. El insulto número uno para un niño pequeño es que le llamen “bebé”.

Cuando tienen miedo, lo admiten. Esto nos permite ayudarles a aliviar sus temores. A veces la solución es tan fácil como dejar una luz encendida por la noche. Ojalá nuestros temores se resolviesen con una luz.

Se paran a oler las rosas. Son fantásticos oliendo cosas.

Siguen su instinto. Los niños pequeños no pasan mucho tiempo dándole vueltas a si han tomado la decisión adecuada. Prefieren darle vueltas a si les has dado el vaso del color adecuado para comer.

Viven el momento. No se quedan en el pasado. No se preocupan por el futuro, a no ser que se les haya dicho que es casi la hora de irse a la cama.